Edición 542 del 30 de Junio al 6 de Julio del 2008



Cita con la Esfinge

Krasnodar Quintana

En hombre sale de su casa y se dirige a su oficina. No lo sabe pero ésta será la última vez que abraza a su pequeña hija y besa a su esposa. Enciende su viejo Toyota y rueda hacia la Carretera Norte y al girar en la esquina todavía tiene tiempo para levantar la mano en un último gesto de despedida.

Al llegar a la oficina su secretaria le recuerda que a las ocho en punto tiene la cita del martes con el Dr. González, el especialista quien lo ha tratado tan eficientemente. La quimioterapia fue un éxito completo, el pelo le ha empezado a crecer y él se siente un hombre renovado no solo física sino espiritualmente. Incluso en un acto de contrición se ha despedido de su amante con quien había compartido muchos buenos años.

El quiste maligno estaba alojado en el cerebro, entre las circunvoluciones que guardan los recuerdos y las aptitudes. Junto con el quiste, el Dr. González tuvo que extirparle parte de la materia gris y con ella algunas de sus aptitudes intelectuales. Cuando despertó después de la operación el doctor sonriendo le preguntó si sabía tocar algún instrumento musical, él dijo que tocaba la guitarra, y el médico le respondió: “Pues ya no. Vas a tener que empezar de cero”. Y era cierto. Lo olvidó todo por completo pero lo que no conoce no se extraña y él siguió disfrutando esta nueva oportunidad que le daba la vida.

El problema comenzó cuando empezaron los sueños. Al principio pensó que en cierta forma el cerebro se renovaba y las partes extirpadas se regeneraban, como, por ejemplo, el hígado. “Hasta ahora –le respondió el Dr. González– el funcionamiento del cerebro continúa siendo un misterio. Nuestra experiencia solo nos ha llevado hasta ciertas partes físicas, y a delimitar las zonas correspondientes a cada función del cuerpo. Lo demás es una incógnita total”.

–Pero ¿puede una persona tener sueños de experiencias que nunca experimentó, doctor?

–Se sueña sobre lo que se conoce. Soñar algo sin haberlo vivido te ubica en un lugar sin tiempo, o en un tiempo sin lugar. Puede ser causa de cualquier cosa, el reflujo de otro sueño, inclusive hasta una premonición pero nunca un sueño que parte de una experiencia. Y ¿cuál es el sueño que te angustia? –pregunto. Tenía cara de doctor este González, los anteojos pequeños y redondos de John Lennon, ojos mansos y manos de violinista.

–Es un acertijo, doctor. Hay un monstruo que le pregunta a un hombre cuál es el animal que al nacer anda en cuatro patas, de joven en dos y de viejo en tres. El desconocido no lo sabe y el monstruo lo devora. Entonces, me despierto.

–Eso que me estás diciendo es el pasaje de Edipo y la Esfinge. Es una historia griega muy conocida.

–No por mí, doctor.

–Bueno, la Esfinge le hacía al que pasaba el acertijo que me dijiste. Si uno no sabía la respuesta ella lo devoraba. Edipo le respondió correctamente y la Esfinge se despeñó, se mató.

–¿Qué tiene esto de extraordinario, doctor? Es más bien una historia insulsa…

–Esperate. Lo interesante viene después. Un oráculo le había dicho a Edipo que mataría a su padre y que se casaría con su madre. En el camino él se encuentra con un desconocido y lo mata. El muerto es su padre. Los habitantes de la ciudad en agradecimiento por haber matado a la Esfinge le dan en matrimonio a la reina, quien es su madre. Después ella se da cuenta y se ahorca. Edipo adolorido se saca los ojos y parte de la ciudad de la mano de su hija Antígona.

El doctor se tomó la molestia de sacar un libro amarillento de hojas arrugadas y le mostró una ilustración donde estaba una mujer con alas y cuerpo de león sobre un pedestal (una columna dórica o jónica, eso no lo sabía) y un hombre con sombrero, quien en actitud pensativa se sobaba la barba. “Qué manera de complicar las cosas la de estos griegos, ¿verdad, doctor?”.

Cuando salió ya era noche. Estaba lejos de su casa pero en su carro iba a llegar en un instante. De seguro su mujer ya se preocupaba. La llamó por el celular y en efecto, ella estaba alarmada, pero le dijo que ya venía y ella se tranquilizó. Montó en el carro y dio ignición varias veces pero el vehículo no encendió. Maldijo mil veces al mecánico. Le había quitado un dineral y el auto sólo le había durado una semana. Pensó regresar donde el doctor para pedirle un aventón pero las luces de la oficina que quedaba en el cuarto piso del edificio ya estaban apagadas. González ya se había ido. Bien. Tomaría un taxi y dejaría su auto en el complejo, se dijo. Por suerte estaba en el estacionamiento y le dio un billete al celador para que se lo cuidara.

Caminó. Las calles estaban vacías. Todo el mundo ya estaba sentado frente al TV con su camisón de dormir y sus pantuflas. Un viento frío arrastraba papeles por la calle. Era abril, y era extraño porque en abril el calor era la víspera del infierno. Recordaba una lejana Semana Santa en que granizó sobre la ciudad. Nunca había ocurrido y él no conocía el granizo. Eran pequeñas rodelas, como los dulces Salvavidas que vendían en tubitos de papel con los colores del arco iris.

Siguió caminando y llegó hasta la esquina. Ni un solo carro, ni un solo taxi. Tendría que caminar más, hasta el distante bulevar, iluminado por luces de neón sobre altos postes metálicos pero primero tendría que pasar por una zona con callejones oscuros y sacos de basura amontonados. Caminó por el centro de la calle; ni un solo carro, ni una sola persona, solo unos gatos que maullaban como niños torturados. Hacia muchos años que no sentía miedo, desde los tiempos de la guerra contra Somoza, pero los gatos seguían maullando y un viento frío le erizó la piel de la cabeza a los pies.

Al pasar por el callejón oyó que lo llamaban: “¡Shh, shh!”. Sabía que era a él pero no quiso voltear a ver. Los pies se le pusieron de plomo pero siguió caminando. Todavía le faltaban dos callejones más. Los gatos callaron de repente pero el silencio fue más terrible todavía. Oía el arrastrar de sus pasos y el viento que susurraba algo allá arriba entre los alambres sobre su cabeza. Al pasar por el segundo callejón oyó de nuevo el mismo sonido; se detuvo y ya no pudo seguir caminando. Quedó clavado en medio de la calle. Desde la oscuridad, desde el fondo del callejón una voz dijo su nombre y esta vez sí se volteó.

En el fondo de aquella negrura flotaba una bella luz azulada que lo atraía como esas lámparas en los mercados que son irresistibles para los insectos. Lo llamaron de nuevo y él como si una banda transportadora lo llevara caminó hacia la pesadilla. Rodeada por la luz, sobre el pedestal dórico o jónico, encontró a la Esfinge. Igual que en sus sueños, cara de mujer, con alas y cuerpo de león. Un calorcillo agradable y adormecedor se desprendía a su alrededor. El frío cesó por completo.

“Te voy a preguntar lo mismo que les he preguntado a todos. No quiero que se me acuse de parcial”, dijo la Esfinge. “Es la misma interrogación que tantas veces te has hecho en tus sueños –sonreía levemente y en sus ojos había una mirada juguetona.– ¿Cuál es el animal que cuando nace anda en cuatro patas, cuando mayor anda en dos, y de viejo anda en tres?” Sólo entonces recordó que no lo sabía, que de todo había hablado con el doctor menos de la respuesta, pero no tenía miedo. El calorcillo era tan agradable y la luz era tan bella que sólo tenía unas ganas dulces de morirse. Así deberíamos morirnos todos. Pensó en su hija y su mujer que lo esperaban pero se sintió solo. Uno siempre está solo frente a la muerte. Se dejó ir.

Desde el fondo de la calle se acercó un taxi con su torreta amarilla encendida. Venía con un pasajero. Al pasar por la calle, un fogonazo iluminó el callejón oscuro. “¿Qué fue eso?”, preguntó alarmado el pasajero. “Un cortocircuito”, respondió el taxero y siguió de largo.


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