Conocí al hombre invisible en el hospital psiquiátrico José Dolores Fletes, de Managua, donde tuve que cumplir con una pasantía para optar a mi título de Psicología. Tenía apenas unos pocos días de estar llegando al Centro cuando lo conocí. El tipo ya andaba entrado en los cincuenta y estaba sentado en una banca bajo un palo de guayaba de los muchos que hay en los patios del hospital. Estaba vestido con el uniforme de los pacientes y observaba con atención unos pájaros que se peleaban por un pobre ratón que saltaba de un lado a otro. Al pasar por su lado me dijo que le regalara un cigarrillo, me detuve y se lo di y también el encendedor. “¿Cómo se llama usted?”, me preguntó. “Soy el doctor García”, le respondí. “Yo soy Toledo, el Hombre Invisible”, me dijo, y yo cometí el desacierto de comentar: “Que bien” La respuesta pareció molestarlo. “No, no está nada bien. Estoy perdiendo el control. Hay días que me cuesta mucho hacerme invisible y otras veces sin desearlo me desvanezco por completo. También ocurre que cuando quiero regresar tengo que hacer grandes esfuerzos y eso me angustia mucho. ¿Qué tal si no regreso? Al otro lado he visto muchos fantasmas, muertos que también son invisibles y eso me llena de terror. ¿Usted sabía que Jorge Luis Borges siempre quiso ser El Hombre Invisible? pero a pesar de su extraordinario talento nunca pudo serlo. En sus trabajos él mismo lo confiesa muchas veces. En cambio yo, apenas un diletante, heme aquí en la plenitud de la transparencia. Creo que G. H. Wells tiene una novela que se llama igual”. Lo escuché y esta vez no dije nada. Agarré el encendedor que me regresó y seguí mi camino, pero me quedó la curiosidad de saber más sobre este interno que había leído a Borges y a Wells.
Al día siguiente me conseguí su expediente y descubrí que era un escritor con psicosis crónica. El avance de la locura había sido como una marejada que se había llevado todo, familia, amigos, recuerdos… La delicada libélula de la cordura atrapada en el viento huracanado de la locura. Estaba catalogado como un maniaco-depresivo y mitómano que a veces se infligía heridas a sí mismo. Había casos con regresiones pero él no, él seguía cayendo en la locura como un planeta muerto en el insondable y oscuro vacío del espacio. En los ochenta había publicado una novela pero la mayoría de sus trabajos se encontraban dispersos en revistas y en suplementos culturales. Alguna vez había sido sujeto del estudio de un académico de la lengua demostrando así que tenía relevancia en el mundo literario. Por la tarde me lo encontré en el mismo lugar, me pidió otro cigarrillo y me invitó a que lo acompañara en la banca. “Usted me cae bien. Tenemos empatía… Acompáñeme un rato”, me dijo. Me senté a su lado. Me interesaba el caso de este interno, un escritor como Alfonso Cortés a quien precisamente se le había dedicado el pabellón de docentes de al lado donde estábamos. Fumó en silencio con los ojos cerrados. “Tienen a Clara”, dijo de repente en un leve susurro. “¿Cómo?”, le pregunté. Abrió los ojos y los tenía anegados en lágrimas. “Tienen a Clara”, repitió, pero esta vez con una voz dolida que le salía desde muy adentro. “Clara es mi esposa. Empezó a perder la razón y la trajeron aquí sin ningún procedimiento. De nada valieron mis reclamos justos fundamentados en las leyes de este país, simplemente violentaron el derecho y la sacaron de la casa y la metieron acá en un pabellón de aislamiento. Yo no puedo vivir sin ella por eso estoy aquí… No me dejaban verla. Todos mis esfuerzos fueron en vano. Nunca la olvidé. Durante años atisbé desde afuera y alguna vez me pareció que la conducían dos enfermeras. Por las noches pensaba en la manera de poder verla, de estar siempre con ella, hasta que recordé el ‘Informe de Ciegos’ un trabajo de Saramao, donde la esposa de un ciego finge serlo también para estar junto a él, ¿usted lo ha leído? Yo no estoy loco doctor. Simulo serlo para estar cerca de ella, de Clara, de mi esposa. Pero no sé dónde la tienen. Usted me podría ayudar. Indague y después me dice. Le juro que este va a ser un secreto entre usted y yo. Me he sincerado con usted, espero que no me traicione”.
Al día siguiente busqué en los archivos a la interna Clara Toledo. No es que le creyera a Toledo, simplemente me ganaba la curiosidad. En los archivos no había ninguna Clara. Se lo dije. Siempre me esperaba en el mismo lugar, en la banca bajo el guayabo. Se quedó pensativo y después dijo como para sí mismo: “Le cambiaron el nombre”. “¿Por qué habrían de hacerlo?”, le pregunté. “Es una venganza doctor. Ahora lo sé. Hace algunos años yo escribí en los diarios varios artículos denunciando que aquí todavía se usaba la terrible práctica del electroshock. En todos los países civilizados del mundo ya la habían abandonado por obsoleta. El escándalo fue memorable y llovieron las críticas sobre la administración del Centro. Recuerdo que para ese tiempo el gobierno gestionaba un préstamo con los organismos internacionales para la remodelación y modernización de los pabellones de este hospital. A raíz de mi denuncia cortaron toda posibilidad de préstamo alguno”. ¿Por qué yo encontraba tanta lucidez en las declaraciones de este hombre? ¿Qué tanto de verdad había en lo que me decía? A la mañana siguiente pregunté a los compañeros del Centro acerca de las sesiones de los electroshocks. Me dijeron que desde los años ochenta se había abandonado por completo esta práctica cruel e inútil. Esta confesión de Toledo me mandó a la hemeroteca de los diarios y estuve hurgando en el Internet hasta altas horas de la noche pero no encontré ninguno de los artículos que Toledo afirmaba haber escrito. “Es comprensible, ya hace más de veinte años desde ese entonces”, me contestó cuando se lo dije. “Sígame”, me urgió y me condujo hasta una banca más allá donde estaba otro paciente más viejo que Toledo, moreno, de pelo escaso y transparente. “Él sabe dónde tienen a Clara”, dijo Toledo. A todo esto quise saber cuántos años tenía Toledo de estar acá en el Centro. Se lo pregunté y me dijo que no se acordaba pero que eran muchos años. El paciente de la banca al escucharnos se puso de pie y exclamó apesarado: “A mí me echaron cadena perpetua”. Tenía los ojos brillantes y la mirada perdida. Toledo movió la cabeza de un lado a otro. “En este momento no nos sirve para nada. Está perdido, pero él me dijo que a Clara la tenían en el pabellón de las crónicas. Usted puede entrar ahí doctor, busque a Clara”, me rogó con una profunda mirada de angustia. Por la tarde hablé con Claudio Martínez quien era uno de los psiquiatras residentes más antiguos del hospital y le pregunté, sin mostrar mucho interés, por el caso de Toledo. “El Hombre Invisible”, dijo Martínez. “Yo personalmente estuve a cargo de atenderlo. Conozco su historia clínica y familiar. Es un paciente maniaco-depresivo y mitómano”. “Pero lo raro es que su mujer, Clara, también enloqueció y la tienen interna aquí”. Martínez me quedó viendo extrañado y dijo: “Clara murió. Hace más de veinte años que murió. Y nunca estuvo loca. Precisamente su muerte fue la que desencadenó la psicosis de Toledo”. “Él dice que se llama Clara y que la tienen encerrada en el pabellón de las pacientes con psicosis crónica”. “No puedo decir que eso sea una mentira, porque para él esa es una verdad irrefutable. Recuerde que es un maníaco-depresivo, pero además es un mitómano”. Me puse rojo de vergüenza. Martínez dándome una palmada amistosa en la espalda me dijo: “Que no te dé pena. Siempre pasa lo mismo con los nuevos… En particular con el caso de Toledo y su Clara”.

