El perfume: la magia de la sobreabundancia

Helena Ramos

Pudo haberla dirigido Stanley Kubrick pero dijo que la novela no se prestaba para ser llevada a la pantalla. Hubo otros eventuales pretendientes: Tim Burton, Martin Scorsese, Ridley Scott y Miloš Forman. Por fin, la misión –proclamada imposible por un gran maestro y aun así, tal vez por eso mismo, muy apetecida– le correspondió al director alemán Tom Tykwer. La variante ideal, a todas luces quimérica, sería que cada uno de los artistas antes mencionados hiciera su propia versión de El Perfume. Pero solo existen dos: el libro de Patrick Süskind y el filme de Tykwer, que –tal como suele ocurrir con las películas basadas en obras literarias– se refuerzan y se refutan al mismo tiempo.

La primera es la “novela programática del antihumanismo”, misantrópica hasta la médula, un espejo implacable que nos muestra la atrocidad cotidiana en que todos vivimos sumidos; el segundo, un exquisito juego posmodernista con un mensaje mucho más alentador –algo como “Nada importa si no hay amor”– pero peligrosamente eficaz para la fabricación de los happy ends más indecentes.

El crítico de cine Vlad Kniázev definió con precisión la cardinal diferencia entre ambas creaciones: “Tykwer busca en el protagonista principal un ser humano, y Süskind no solo no lo buscaba sino que lo negaba”. Entonces, no pocos espectadores echaron de menos el radicalismo del escritor y encontraron la cinta demasiado light. Otros trataron de comprender si el director quería condenar al personaje o enaltecerlo, no lograron el propósito –pues la película rehuye olímpicamente estas categorías– y quedaron ligeramente perplejos. Los terceros optaron por valorar el libro y la cinta por separado, cada cual con sus tentadoras polisemias, proceder que considero el más fructífero.

El derroche visual

Esté una o no de acuerdo con el relativismo posmodernista de Tykwer, es imposible no percibir el esplendor visual de la película. La escenografía de Uvi Hanisch y el vestuario de Pierre-Yves Gayraud son formidables, su vistosidad puede incluso parecer chocante. Entre las numerosas opiniones sobre el filme encontré varias que clamaban: “¡Demasiado hermoso!”, pero en lo personal encontré este derroche atrayente, cautivador. Se trata de un virtuosismo exuberante, omnívoro, indiscriminado: “¿Podredumbre, desechos, vómito? ¡Aquí los tienen! ¿Campos de flores, torrentes de fragancias, rostros de singular belleza? ¡Pues aquí están!”.

Con toda la sobreabundancia, no se trata de una de estas obras donde el entourage lo es todo y los personajes, nada. Hay una suerte de armonía de extremos.

Un reparto contundente

El joven actor teatral Ben Whishaw interpretó de manera convincente a Jean-Baptiste Grenouille –genio y sociópata– trayendo desde las tablas el sobregusto a príncipe de Dinamarca. El veterano Dustin Hoffman impresionó con su actuación de filigrana en el papel del perfumista Giuseppe Baldini, artesano de las fragancias. Alan Rickman dio a Antoine Richis, un personaje más bien utilitario, una dramática profundidad.

La primaveral Rachel Hurt-Wood, de apenas 17 años, no me impactó pero fue digna en su dificilísimo rol de Laura Richis, que poseía no solo la belleza sino también la fascinación y el carisma, tan contundentes e imposibles de explicar como el aroma mismo… Entonces, lo único que se podría reprochar a la novel y prometedora actriz es la carencia de genialidad, y sería demasiado exigir que la tuviera, ¿no lo creen?

La cinta de Tykwer no arde con la misma “gélida llama” que el libro pero supera poderosamente a la mayoría de las películas que solemos ver en la gran pantalla. No es “apta para todo público”; alguien afecto al maniqueísmo sin matices de “bien-mal”, “moral-amoral”, “ángel-demonio” se sentiría desalentado, quizá molesto. Los demás sí pueden disfrutar las diversas facetas del firme: su sensual belleza, su audaz argumento, sus memorables actuaciones y deleitosa banda sonora...

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