Con el abuso sexual sucede lo mismo que pasa en las historias de monstruos: la gente no quiere creer en su existencia hasta que uno le sale al encuentro. Pero cuando trata de contarlo, otras personas tampoco le creen.
Eso ocurre en gran medida debido a que el abuso sexual está rodeado de mitos. Se maneja que los ofensores son unos desconocidos que acechan en predios baldíos y caminos solitarios; también se piensa que son pobres y padecen de alguna enfermedad mental. O sea, muchos se figuran que un abusador debe ser necesariamente un sujeto de mirada torva, mal vestido y en general, de “aspecto sospechoso”. Entonces, cuando son señalados como ofensores hombres en apariencia normales, en ocasiones hasta apuestos, educados y de finos modales, no faltan quienes se resistan a aceptar esta posibilidad. Y si se trata de una persona cercana pariente, amigo, colega, alguien a quien uno conoce desde el “lado positivo” la negación se vuelve tajante. Se prefiere pensar que se trata de un error, una mentira, una confabulación…
Por supuesto, tales cosas ocurren en ocasiones, pero el problema es que con los delitos sexuales el “beneficio de la duda” se torna un maleficio porque con frecuencia impide a las víctimas acceder a la justicia. Si alguien viene a la Policía a denunciar, por ejemplo, un robo, es poco probable que le pregunten si en realidad había entregado el objeto por las buenas y ahora está tratando de calumniar al acusado. Sin embargo, en casos de abuso sexual la desconfianza para con la denunciante es muy fuerte; la convierte en acusada y la revictimiza.
“No quisieron hablar con la niña”
A continuación vamos a referir un testimonio de la madre de una niña de cinco años reservamos, por razones obvias, los nombres de ambas que está peleando un juicio por abuso deshonesto cometido contra su hija. Según la acusación, el 10 de marzo de este año la muchachita se encontraba en la casa de sus abuelos paternos y sufrió abuso sexual a manos del jardinero. El juez de primera instancia encontró al imputado inocente; la causa está en apelación.
“Los abuelos están salvaguardando su moral, lo que ellos no quieren es admitir que eso pasó en su casa, con alguien de su casa. Ellos protegen al papá de la niña que no se encontraba presente, creo que no tenía ni conocimiento de dónde estaba la niña…”.
“Yo me enteré cuando el mismo día por la noche ella me dijo que le dolía porque un señor que se llama José le tocó su ‘ganchito y su culito’. Le pregunté quién era José, me dijo que era el jardinero donde sus abuelos. Cuando llamé para preguntarles si tenían un trabajador con ese nombre me dijeron que sí; luego yo procedí a repetirles lo que la niña me estaba contando y me dijeron que en ningún momento, que eso no podía pasar en su casa. Les pregunté si querían hablar con la niña y me dijeron que no, que no tenían que hablar con nadie, y no volvieron a hablar con su nieta nunca más”.
“Antes de eso la relación en cuanto a la niña era llevadera, pero el papá de ella tiene un juicio en contra mía, él quiere la tutela de la muchacha y dice que inventé el abuso por eso, pero no estoy peleando la tutela, yo ya la tengo”.
Los dictámenes
“Al día siguiente fuimos a la consulta médica, y la doctora del Hospital Vélez Paiz descartó la infección y la alergia y me dijo que cuando los niños están enfermos los dejan internados 24 horas, pero que mi hija presentaba un abuso y que yo debía ir lo antes posible a la Policía a poner la denuncia porque con el tiempo las señales iban a ir desapareciendo. Fui a la Policía, allí me dieron la cita para el Instituto de Medicina Legal, un día después fuimos allá y la Dra. Lucía Acevedo dijo que la niña sí fue abusada. Por la tarde la Dra. María Marta Pastora determinó que la niña presenta lesiones sicológicas graves debido al abuso, los dos médicos forenses lo confirmaron. Luego el juez Tomás Eduardo Cortés decidió que los dictámenes son contradictorios, porque la primera doctora que había revisado a la niña encontró los dos labios menores inflamados, enrojecidos, y el dictamen de un día después indica que solo un labio lo estaba, es lógico que el estado de la niña iba a cambiar con el transcurso del tiempo”.
Tuvo que contar la historia unas 15 veces
“El 11 de marzo el caso ya estaba denunciado ante la Policía Nacional, y la fiscal Verónica Nieto con todas las pruebas encontradas decidió hacer la acusación por abuso deshonesto”.
“El día del juicio la niña fue sometida a dos interrogatorios, el primero a la una de la tarde y el segundo a las seis, el juez puso a la niña a reconstruirle los hechos, la llevó a la casa de sus abuelos, eso no estaba previsto y él de repente lo solicitó. El perito de la policía ya fue despachado por la secretaria del juez y se retiró. Entonces, el juez llamó personalmente al perito y le preguntó en cuánto tiempo llegaba, aquel dijo que en 10 minutos; pasaron 10, 15, 20 minutos y seguíamos en la sala esperando al perito que nunca apareció. Al final el juez procedió a decir que lleváramos a la niña de nuevo a la casa de sus abuelos sin perito, para que ella le reconstruyera los hechos”.
“Estuvieron todo el día interrogando a la niña, y ella señaló al hombre aunque se lo cambiaron de camisa dos veces y se lo cambiaron de lugar. Le dijo al juez: ‘Él fue el que me tocó, José’, lo señaló con el dedito, y el juez pasó por encima de todo”.
“Quisieron hacer ver a mi hija como una niña enferma, con problemas psicológicos, retardada; abusaron más de ella porque quisieron presentarla como una niña tonta, torpe. Claro, ella no iba a reconstruir un hecho como una adulta; además, el juicio duró 13 horas y ya a las seis de la tarde todos estábamos cansados y fatigados, ya ni se diga la niña, ella estuvo en el juzgado desde la mañana”.
“Tuvo que explicar ante el juez unas cinco veces lo que le había pasado, le preguntaron si quería seguir hablando, ella insistía que no y el juez permitió que la defensa siguiera preguntando, preguntando y preguntando, hasta que la niña estaba agotada totalmente. En todo el proceso, tuvo que repetir la historia unas 15 veces y siempre la repite igualita a todo el mundo; ella dice quién la tocó, cómo la tocó, dónde la tocó, todo”.
“¿Quién ganó?”
“Creo que Tomás Eduardo Cortés asumió una actitud parcializada porque a la sala del juicio solo permitieron entrar a mi mamá y mi abuela; a mi mamá en dos ocasiones intentaron sacarla y de parte del jardinero había como 15 personas y hasta tenía un abogado privado, yo nunca había visto a un empleado tan bien tratado”.
“La niña se dio cuenta de que sus abuelos defendían a José y no le creían a ella. Me preguntó: ‘¿Quién ganó, mis abuelos o nosotros?’ Ella sabía que sus abuelos estaban en contra de su palabra. Le duele que ellos la llamen mentirosa, ya no visita su casa ni lo quiere hacer. El Ministerio de la Familia me dijo que la niña no podía ir con los abuelos ni con el papá ni con ningún familiar paterno porque corría el mismo riesgo, el superjardinero con sus padrinos mágicos sigue trabajando allí. El Ministerio de la Familia ya levantó el acta de que no se permitirá que la niña vaya allá”.
No nos corresponde decidir sobre la culpabilidad o inocencia de las personas involucradas en el caso pero resulta obvio que la muchachita no fue tratada de acuerdo a su edad y condición. Los conflictos y recelos de los adultos prevalecieron sobre el bienestar de la niña. Aunque el poema de Salomón de la Selva “Pregón de la muerte de Helena” no habla precisamente del abuso sexual infantil, cabe citarlo aquí: “Larga la contienda, /terrible la guerra:/la ganen, la pierdan/los unos, los otros, /ella solo abrojos/tendrá, llanto sólo”.
Para que estas lágrimas, que a menudo no vemos ni queremos ver, dejen de correr en medio del silencio o las burlas, tenemos que impedir que las mujeres, niñas y niños pequeños sean vistos como objetos de los que los adultos en especial, los hombres pueden disponer a su gusto y antojo. Encaremos al monstruo.

