Edición 542 del 30 de Junio al 6 de Julio del 2008



Róger Pérez de la Rocha: un obsesivo de la pintura y el amor

Isabel Sánchez

La crítica más de una vez lo ha calificado de “eterno niño terrible de la paleta criolla” y señaló la arrebatada fuerza de sus imágenes, aquello que José Gómez Sicre, gran promotor de la plástica latinoamericana, llamó “patetismo y surrealismo alucinante”. También es notable retratista, aunque entre sus imágenes de vocación (Augusto César Sandino, poetas, pintores) y las de oficio (presidentes y banqueros) hay distancia de años luz...

En su autorretrato hablado que apareció en el libro de Julio Valle-Castillo Pérez de la Rocha: un pintor de la raza de los románticos (Managua: Banco del Café, 1999) el propio artista cuenta: “Nací el 27 de marzo de 1949, en Managua, capital de Nicaragua, en pleno calor y fulgor del verano, en tiempo de Cuaresma cuando el Diablo anda suelto y el Judío Errante, muerto de sed. Ocurrió mi nacimiento, pues, bajo el signo de Aries, por lo tanto, soy un ariano, un hombre de Marte, el dios de la guerra... La existencia como lucha prolongada: guerra de alta o baja intensidad, guerrilla, el amor como cuerpo a cuerpo, desnudos, hechos un solo nudo, la historia como enfrentamiento de clases y de toda clase, la pintura como pasión y el arte, como reto. Fui bautizado dentro de la Iglesia católica con el nombre de Róger Antonio, hijo de Teresa Pérez Rocha y de Luis Franco Cortés”.

“Mi nombre completo y verdadero no sería Róger Pérez de la Rocha sino Róger Antonio Franco Pérez; pero como mi padre estaba casado con otra señora, asumí los apellidos maternos a mucha honra y les puse ‘de la’ para darle timbre y lustre, para hacerme un nombre mío, propio”.

“Según me han contado casi me paren en un taxi, en las vecindades de dos cantinas de roconola... (...) Quizás por eso tengo alma de taxista... (...) Los primeros años de mi vida transcurrieron en el barrio el Bóer, que era de obreros... (...) Puedo decir que pasé una infancia feliz, sana, bonita...”.

Separaciones

Pero en 1957 sobrevino la primera separación: “”Mi abuela Josefa Rocha se encargó de criarme porque mi madre, enferma de epilepsia, no podía cuidarme. Fui un chavalo especialmente inquieto; mi abuela decía que yo era belitre. La Chepa Rocha, como la llamaban en el barrio, quedó viuda de mi abuelo Gonzalo Pérez Estrada, originario de León, quien trabajaba de tipógrafo en el diario La Prensa y era alcohólico. Quedó, pues, sin marido y con ocho hijos entre los que asimismo me contaba yo... (...) La Chepa Rocha era una mujer tierna, amorosa, abnegada, trabajadora, como casi todas las mujeres nicaragüenses, que saben ser madre y padre a la vez y sacar a los hijos adelante; se levantaba desde la madrugada y hacía pozol, tiste, chicha, refrescos y raspados, para ganarse la vida; además, cultivaba flores, hierba buena y frutas en el jardín y en el patio de la casa y cocinaba para vender comida al mediodía, porque al frente de la casa quedaba una cantina llena de parroquianos y contiguo a la casa quedaba otra, El Manguito, donde sonaban discos de la Sonora Matancera que fueron mi canción de cuna. A mí me tocó muchas veces ir a dejar comida a los barberos de la calle Colón, por la librería de Ramiro Ramírez en la 15 de Septiembre, o vender flores, aunque yo les regalaba flores a las muchachas...”.

En 1961 el padre de Róger, dirigente sindical del gremio de los taxistas, se tuvo que exiliar en Cuba, donde conoció a Ernesto Che Guevara, Carlos Fonseca y Silvio Mayorga. “De niño yo sólo tuve su vacío, su ausencia; la distorsión que produce el desconocimiento y el distanciamiento. Es en mi adolescencia que yo adquiero la conciencia de que carezco de padre como parte de la represión o por culpa de la dictadura”.

Un rosario de matrimonios

Nuestro entrevistado se define como un hombre muy obsesivo en la pintura y el amor. Disfruta de la lectura, la TV por cable, el cine. Considera que el principal pilar en su vida es Luisa Margarita del Carmen, su hija de 10 años con su actual esposa Luvy Rappaccioli. También tiene un hijo de sus primeras nupcias, Gonzalo Pérez, ya graduado de arquitecto.

Lleva en su cuenta cinco matrimonios, todos con las nicaragüenses: Marta Luz Padilla, Ángela Saballos, Nelba Cecilia Blandón, Rosa María Sánchez y actualmente Luvy Rappaccioli; cree que ha sido desdichado en el amor porque no tuvo la suerte de quedarse con una sola mujer, en gran parte por culpa del alcoholismo, pues fue violento no solo en sus obras sino también en sus relaciones conyugales...

Arte, política, rebeldía

¿En qué momento se dio cuenta de su vocación pictórica?

Cuando iba a una escuela de párvulos de doña Pepa, esposa del profesor Genaro Sánchez, donde cada uno llevaba su propio pupitre, hice mis primeros dibujos. Recuerdo que una profesora muy cariñosa me inducía a la pintura y me estimulaba.

Cuando estaba en primaria con los hermanos cristianos en la escuela del barrio Monseñor Lezcano, anexa del Instituto Pedagógico La Salle, me di cuenta de que había clase de dibujo.

Fui muy mal estudiante, sacaba las peores calificaciones en todas las clases, con excepción de Dibujo o Iniciación Artística, en la que me saqué 10 desde el primer día. Descuidé los estudios por la pintura y recuerdo que cuando estaba en el sexto grado de primaria dibujé una caricatura exagerada de mi profesor; me llamaron la atención, citaron a mi abuela y le recomendaron que me inscribiera en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Mi abuela me dijo que me buscara un oficio, que estudiara para sastre, barbero o mecánico, pero le dije que si no me metían a estudiar pintura me iba de la casa.

Don Rodrigo Peñalba, director de la escuela, no me quería aceptar por la edad pero luego me otorgaron una beca. En el primer año uno trabaja la naturaleza muerta dibujando cacharros y telas; luego avanza a hacer estudios de estatuas o retratos, después pasa al desnudo. Como a los catorce años vi por primera vez a una mujer desnuda, es la clase más avanzada.

Estudiaba escultura por la mañana, pintura por la tarde y mi bachillerato en el Instituto Miguel de Cervantes por la noche. Cuando cumplí 16 años me expulsaron de la Escuela Nacional de Bellas Artes, por mis problemas de adaptación y rebeldía; entonces, el pintor Leonel Vanegas me acogió en su taller. En ese tiempo me involucré con el Frente Estudiantil Revolucionario... En el taller de Leonel se formó la primera célula de artistas del Frente Sandinista de Liberación Nacional, llamada Vladimiro Maiakovski, encabezada por Germán Gaitán e integrada por el poeta Beltrán Morales, Héctor Marín, Leonel Vanegas y yo...

Pasión por el retrato

¿Por qué decidió pintar retratos?

Cuando estuve en la Escuela Nacional de Bellas Artes, conocí a Peñalba quien ha sido el mejor retratista que ha tenido Nicaragua, y me gustó mucho el retrato. Me crié con pintores e intelectuales, escritores de entonces. Nos reuníamos y convergíamos muchos pintores y escritores de la época, era efervescente. Leíamos mucho, éramos estudiosos, aunque también llevábamos una vida bohemia. Entonces empecé a hacer retratos de toda esta gente y luego me invitaron a colaborar con La Prensa Literaria.

En 1967 en la jornada de Pancasán cayeron muchos amigos, sufrí una crisis y me corté los pulsos como una forma de escape para evitar que la Guardia me capturara y me torturara hasta la muerte...

En ese entonces Pablo Antonio Cuadra me apoyó, me mandó donde Ernesto Cardenal y me llevaron a Solentiname para protegerme de la Guardia. Permanecí un tiempo en la Comunidad de Nuestra Señora de Solentiname, allí me cultivé en la pintura y las lecturas. Participé en la fundación de la escuela de pintura primitivista que después se volvió famosa.

En 1968 el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica me dio una beca para ir a estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando; en España conocí los retratos hechos por Diego Velásquez y Francisco de Goya...

Cuando regresé a Nicaragua tenía como 19 años, para entonces Cardenal ya había detectado mi problema con el alcohol, bebía mucha cerveza, me volvía loco...

¿Qué le motivó retratar a Augusto César Sandino?

Sandino estaba vedado para nosotros por el somocismo, pero ya dentro del FSLN lo fuimos descubriendo, valorando, nutriéndonos con el pensamiento del héroe. Hice mi primer retrato de Sandino como en 1970, y fue vendido a estudiantes para recaudar fondos, después hice otro aquí en Nicaragua y se lo vendí a Silvio Conrado, posteriormente en México pinté otro más. He elaborado muchísimos para amigos e instituciones revolucionarias que me lo han solicitado y siempre trato de hacerlo con el deseo, respeto e interés que se merece.

Combatir el alcohol, una difícil tarea

¿Qué consecuencias negativas le causó el consumo de alcohol?

Comencé a luchar contra la bebida desde los 35 años, pero superé el problema hasta los 50. Fueron muchas noches de agonía y pesadillas hospitalizado, con mis venas adoloridas, reventadas de tanto suero que ya no soportaba. Nervios destrozados y una ansiedad terrible.

Ese maldito defecto de doblar y alterar a las personas hace que el hombre actúe de forma inimaginable e incontrolable, en contra de su voluntad. Es una droga que se vende libremente. El alcohol me hizo actuar de forma violenta. Fue un factor negativo para discusiones con mi esposa, yo era bastante violento.

Comencé a luchar con ayuda de psiquiatras, médicos, Alcohólicos Anónimos, y hasta que busqué a Dios logré superar la adicción. Un amigo me llevó a la Fraternidad de Hombres de Negocios, desde entonces no he vuelto a beber.

Las preferencias

Julio Valle-Castillo dedicó a su obra un estudio monográfico titulado Pérez de la Rocha, un pintor de la raza de los románticos, pero hubo problemas con su distribución porque el Banco del Café, que patrocinó la publicación, quebró y la entidad liquidadora se desentendió del asunto... ¿Qué planes tiene para este libro que hasta ahora no ha podido llegar a los lectores?

Increíble, hay 900 ejemplares pudriéndose en las bodegas y estoy luchando para que me los den. Ya se giraron instrucciones para que me los entreguen, estoy esperando que lo hagan.

¿Tiene aprecio especial a algún pintor nicaragüense?

Me gusta el tiempo del Grupo Praxis al cual yo pertenecí, aunque ahora ya hay nuevas formas de expresión y nuevos valores. Patricia Belli está haciendo una labor estupenda y formando nuevos valores... Me gustan Ernesto Salmerón, María Gallo, Denis Núñez, Noel Rivas.

¿A quiénes prefiere entre los artistas extranjeros?

A mí me marcó mucho la pintura española, en especial Goya; y también Rembrandt.

“Hay aciertos pero también oportunismo”

¿Qué opina sobre las nuevas generaciones de artistas visuales?

Eso que ahora utilicen cualquier material es cosa de cada quien, el artista es un ser ilimitado con un pincel en la mano. Los tiempos cambian y han venido las instalaciones, el arte conceptual, eso se ha venido manifestando en Nicaragua desde hace muchísimos años aunque de forma tardía... La Fundación Ortiz-Gurdián ha hecho la labor de abrir nuevas perspectivas y nuevos caminos.

Veo en las artes visuales actuales un gran interés y aciertos, pero también hay oportunismo. Antes o ahora, los principios son los mismos: hay que prepararse bien para aportar en nuestro tiempo. Hacer un estudio integral, de historia, cultura, literatura, filosofía.

¿Cuáles son los principales temas que aborda en su obra?

El tema social –la miseria, el dolor ajeno, la pobreza– siempre me impresionó e impactó. Mis principales temas son lo social y lo político. Pinto lo que se me viene. Tengo planes para hacer exposiciones a finales de este año, como en octubre o noviembre.

“Carlos Martínez Rivas fue mi maestro”

La pregunta si tiene mascotas en su hogar le sorprendió un poco, tal vez por inusual, y dijo: “No tengo por ahora. Antes sí tenía, pero pronto tendré un perro por mi hija”.

Cuando inquirí a Róger Pérez de la Rocha con cuál personaje de todos los tiempos y pueblos le gustaría encontrarse y platicar largo y tendido, contestó sin titubear, con una sonrisa y los ojos muy brillantes: “Con Carlos Martínez Rivas porque es grande y fue mi maestro. Lo conocí en España, y me encantaba lo acucioso y exigente que era en el lenguaje. Recuerdo que, recién llegado, dije que Velásquez y Goya eran una mierda porque se pasaron la vida como pintores de la corte, haciéndoles retratos a los reyes, retratando a la clase dominante, pintores de los explotadores, de la burguesía. Martínez Rivas me escucha, me queda viendo y al salir del museo, me dice que me vaya al carajo, que yo no soy gran pintor ni nada, que deje de andar creyendo lo que me han dicho Pablo Antonio y Cardenal, que lo que soy es un ignorante y que lo que debo hacer es callarme y meterme a estudiar para no andar desbarrando... Aprendí muchísimo con él”.


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